Hay un momento glorioso en la vida corporativa, ese instante mágico donde nace un proyecto, una iniciativa, o peor aún, una directiva que nadie, absolutamente nadie, quiere abrazar. Es ese hijo feo, maloliente y sin futuro que pasea por los pasillos buscando un padre adoptivo lo suficientemente ingenuo o, seamos francos, lo suficientemente prescindible.

Y ¡voilà! La luz se enciende sobre la oficina de… Comunicación.

El área que supuestamente maneja la estrategia, el storytelling y el «valor de marca» (esas palabras tan propias para los PowerPoints), de repente se transforma en el vertedero municipal de la organización. Es la solución universal para todo aquello que huele a problema, a tarea tediosa, a gestión interna fallida, o a un memo que va a caer mal a todo el mundo.

«Pasaselo a Comunicación, ellos le darán… giro.» ¡Claro! Un «giro» es el eufemismo que usamos para decir: «Tiraselo, que ellos son los que tienen que limpiarlo y hacer creer que era una buena idea desde el principio».

Un día gestionás la crisis de reputación por el nuevo CEO, al otro estás redactando las «10 razones para amar nuestro nuevo protocolo de reciclaje de tapas de birome» o, mi favorita, el posteo interno sobre el cumpleaños de un Gerente al que nadie conoce. El inventario de basura es amplio y variado:

  • El informe de resultados del área de finanzas, que es más seco que el desierto, pero que hay que «hacerlo engaging«.
  • Las fotos del equipo de IT en el team building de hace tres años. «Aprovechemos el contenido, Comunicación.»
  • El manual de 40 páginas sobre cómo pedir hojas de vacaciones por el nuevo software. Tarea de ñoño, pero que hay que «comunicar internamente».

Y mientras el resto de áreas se debate en cómo «generar valor estratégico» y «alinear objetivos con el core business«, nosotros estamos metidos hasta el cuello en la fosa séptica, intentando darle un tono épico a la limpieza del microondas común de la cocina.

Si querés saber si tu área de Comunicación tiene valor estratégico, no leas el organigrama; mirá la lista de tareas que le caen. Si ves más notas de conserjería que de dirección ejecutiva, tranquilo: tenés el diagnóstico. Ahora sabés que tu área es de los mejores del mundo en gestionar lo que nadie más quiso, y esa es la prueba más clara de que, para la empresa, no sos más que una aspiradora de basura elegante, con presupuesto para stock photos y un talento excepcional para hacer de la bosta, algo «digerible».